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Algo del Evangelio

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El evangelio de cada día con un breve comentario, en formato de audio, realizado por el Padre Rodrigo Aguilar, Diócesis de San Miguel, Buenos Aires, Argentina. www.algodelevangelio.org Cualquier testimonio o consulta escribir a algodelevangelio@gmail.com

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  • https://youtu.be/GqOedFVrq-g?si=McNMFCV12PwslXNG

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  • Por eso María cantó feliz, porque ella creyó, porque ella creyó que se iba a cumplir la voluntad de Dios en su pequeña y humilde vida. Ella creyó que diciéndole que «sí» al Señor –aunque nadie se dé cuenta, aunque incluso algunos la hayan señalado–, creyó que su alma iba a ser grande y que iba a cantar la grandeza de Dios haciendo maravillas con su «pequeñez». Eso es lo que nos enseña siempre la vida de María, que solamente con la humildad y la «pequeñez» de nuestro corazón podremos hacer cosas grandes para contribuir al Reino de Dios, que el Señor nos pide que sembremos y colaboremos para que su amor se extienda por todos lados en cosas de cada día. No demos más vueltas. No esperemos grandes cosas para hacer la voluntad de Dios. Tenemos que descubrirla en el servicio concreto y cotidiano, en nuestra familia, en nuestros seres queridos, en mi mujer, en mi esposa, en mis hijos, en mi comunidad, en mi trabajo. Es ahí donde podemos descubrir que, de alguna manera, siempre el ángel se nos presenta y nos invita a hacer la voluntad de nuestro Padre del cielo. Que hoy nuestra alma también «cante la grandeza del Señor» y que nuestro espíritu se estremezca de gozo en Dios, que es nuestro Salvador, porque él miró la bondad y la «pequeñez» de la Virgen María, su servidora. Y por eso la llamamos feliz, porque en ella Dios hizo grandes cosas, como lo puede hacer en nosotros. «Su misericordia es grande y se extiende de generación en generación». Pidámosle al Señor que hoy nos llene de gozo y nos ayude, también, a ser humildes para un día poder ser elevados como lo fue nuestra Madre. www.algodelevangelio.org algodelevangelio@gmail.com P. Rodrigo Aguilar

  • Comentario a Lucas 1, 39-56 Qué bien hace empezar este día con esta fiesta tan importante de nuestra Madre del cielo, la Santísima Virgen María, madre de Jesús, madre de Dios, madre nuestra y madre de toda la Iglesia. Para nosotros, María es el camino más seguro, más corto y más rápido para llegar a Jesús, para llegar al cielo. Tan sencillo y lindo y profundo como eso, aunque algunos, incluso católicos, les cueste comprenderlo. Pero ella es así, ella es así, siempre está ahí. En este día celebramos, nos alegramos, nos llenamos de profundo gozo porque María fue llevada al cielo en cuerpo y alma. Eso celebramos en esta fiesta, María ya está resucitada en el cielo, junto a Jesús, a Dios Padre y al Espíritu y todos los santos. Ella se anticipó, ella llegó primero, ella nos marcó el camino. Ella nos anticipa la gloria. Ella nos da esperanza, porque con su vida y con su final, con su asunción, nos enseña que ese también es el fin de nuestra vida, estar algún día gozando con todos nuestros hermanos, con todos los santos, la eterna alabanza a Dios, que es nuestro Padre. Pero María, para llegar a estar ahora en el cielo, vivió en la tierra cumpliendo siempre la voluntad de Dios Padre, desde el instante en el que le dijo que «sí» al ángel para ser la madre de Jesús y durante toda su vida. Y María lo demostró también con su propia vida, como lo dice Algo del Evangelio de hoy: «Partió y fue sin demora a un pueblo de la montaña de Judá». Finalmente, la voluntad de Dios, el amor, se manifiesta en obras concretas, palpables; en obras que no hacen alarde, como ella tampoco lo hizo, sino en obras que cambian la vida de los demás. En definitiva, nuestra fe nos tiene que llevar a eso, a actuar y a obrar movidos por el Espíritu Santo, como lo hizo María, para buscar siempre hacer la voluntad de Dios y no la nuestra. Y por eso, la oración, la vida de profundo silencio que María también vivió y experimentó, fue la que la llevó a aceptar la voluntad de Dios y, finalmente, a hacer lo que él le pedía, sirviendo en este caso a su prima Isabel. Es por eso que en ese encuentro maravilloso entre María y su prima Isabel, entre Juan y Jesús, se oyó, de algún modo, la voz del Espíritu, que hizo saltar de alegría a todos esos corazones. Eso es lo que hace Jesús en nuestra vida cuando a través de otros podemos encontrarlo, como le pasó a Isabel, o también a través del servicio podemos descubrir que ese es el sentido de nuestra vida.

  • Sábado 15 de agosto - Lucas 1, 39-56 - Solemnidad de la Asunción de la Virgen María + Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 1, 39-56 María partió y fue sin demora a un pueblo de la montaña de Judá. Entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel. Apenas esta oyó el saludo de María, el niño saltó de alegría en su seno, e Isabel, llena del Espíritu Santo, exclamó: «¡Tú eres bendita entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a visitarme? Apenas oí tu saludo, el niño saltó de alegría en mi seno. Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor.» María dijo entonces: «Mi alma canta la grandeza del Señor, y mi espíritu se estremece de gozo en Dios, mi Salvador, porque el miró con bondad la pequeñez de su servidora. En adelante todas las generaciones me llamarán feliz, porque el Todopoderoso ha hecho en mí grandes cosas: ¡su Nombre es santo! Su misericordia se extiende de generación en generación sobre aquellos que lo temen. Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los soberbios de corazón. Derribó a los poderosos de su trono y elevó a los humildes. Colmó de bienes a los hambrientos y despidió a los ricos con las manos vacías. Socorrió a Israel, su servidor, acordándose de su misericordia, como lo había prometido a nuestros padres, en favor de Abraham y de su descendencia para siempre.» María permaneció con Isabel unos tres meses y luego regresó a su casa. Palabra del Señor.

  • 14 авг.3 1989

    https://youtu.be/r8Dv1PtNZjs?si=xVWtjUgFoqtkssT1

  • 14 авг.3 19915
  • 14 авг.3 09920
  • 14 авг.4 30554

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  • 14 авг.2 8999

    El matrimonio cristiano es —como se dice a veces— un barquito que anda por las aguas de este mundo, golpeado por las olas y el viento en contra de tantas voces que quieren destruir la familia, pero en el cual varón y mujer reman juntos, acompañados por Jesús. ¡Qué linda imagen! Las dificultades no son de ahora, siempre fueron así. Fíjate en Algo del Evangelio de hoy, ya se ve cómo a Jesús le cuestionaban en esa época sobre la posibilidad o no de divorciarse por cualquier motivo (esto es importante: por cualquier motivo). Es verdad que hoy se dice y se experimenta que la familia está en crisis, que hay muchas dificultades que parece que antes no estaban. Es verdad, puede ser. Es tiempo difícil, pero nunca fue fácil, sería medio ingenuo pensar así. Hay que remar mucho, y eso es lo más difícil. Hay que remar parejo, y eso es mucho más difícil. El matrimonio que no rema parejo no avanza. Es más, puede girar en el mismo lugar, gira en falso, o bien se lo lleva la corriente para rumbos que no son los mejores. Por eso Jesús desea que los dos «sean una sola carne», como dice el Evangelio, y que «el hombre no separe lo que Dios ha unido»; porque quiere cuidar lo más sagrado que tiene el hombre y que lo hace feliz, en donde se cultiva el amor verdadero, el que sana y santifica, aunque nuestras familias, obviamente, no son perfectas. El matrimonio vivido en la fe nos sana de nuestras heridas y nos santifica para elevarnos y hacernos más humanos. ¿Cómo Dios va a desear otra cosa, otro camino distinto a este? Sería una gran contradicción de parte de un Dios que ama para siempre y confía en nosotros para que logremos lo que él desea. Sé que hoy, más que nunca, estas palabras de Dios, de Jesús, son difíciles de entender y de aceptar, incluso, a veces, son rechazadas dentro de la Iglesia, porque muchas personas, muchas familias, están heridas por la falta de amor en sus propias familias. Por eso, nunca está de más decir que «las personas que no pudieron hacer prosperar su matrimonio no están fuera del amor de Dios». Tampoco está de más decir que «el hombre no debe separar lo que Dios ha unido», y podríamos agregar: «Y lo que él quiso unir por propia decisión». No está de más decir que «hay que luchar hasta el final para mantener la familia unida haciendo todo lo posible». Es lindo encontrar matrimonios que la remaron muchísimo, juntos, para seguir hasta el final. Hay miles y miles de ejemplos. Es lindo ver matrimonios grandes que viven etapas nuevas y se aman cada día mejor. No me canso de escuchar testimonios de matrimonios que siguen perdurando; siguen con sus dificultades, con sus luchas, con sus peleas, con sus idas y vueltas, a veces con sus separaciones momentáneas, dolorosas, pero siguen luchando, siguen remando, siguen estando juntos, mostrando que el amor matrimonial es un reflejo del amor incondicional de Dios, que nos ama siempre con fidelidad, hasta el final, para toda la eternidad. Pidámosle al Señor por tantos matrimonios que están en la lucha, que les cuesta, por aquellos que se han separado y no pudieron cumplir este deseo de Dios, por aquellos que están bien, para que sigan perseverando. Recemos por las familias. Recemos para que, escuchando la Palabra de Dios, todos podamos comprometernos con el verdadero designio de Dios, que es que en familia descubramos su amor y que alcancemos la santidad. Es lindo saber que, a pesar del viento en contra y de la violencia de las olas de este mundo, se puede amar con fidelidad y constancia hasta que la muerte los separe. Se puede: siempre remando juntos, siempre remando parejo. www.algodelevangelio.org algodelevangelio@gmail.com P. Rodrigo Aguilar

  • 14 авг.2 3298

    Comentario a Mateo 19, 3-12: No se puede caminar por las aguas de este mundo por gracia de Dios —sosteniéndose milagrosamente, como Pedro el domingo—, y quitarle la mirada a Jesús. Es condición mirarlo a él, fijo a él. Automáticamente, casi, en ese momento nos hundimos y tenemos que pedir ayuda. Porque dejar de mirar a Jesús es simbólico: es signo de haber dejado de confiar en él, de haber puesto la mirada en nuestros miedos y no en su amor y su gracia, que siempre nos sostienen, aun en las tormentas. ¿Te acordás del Evangelio del domingo? Decía: «Al ver la violencia del viento, tuvo miedo y como empezaba a hundirse, gritó: “Señor, sálvame”». Pedro empezó a hundirse por concentrarse en su miedo, en la violencia que lo rodeaba, y no en la mirada amorosa de Jesús, que seguramente lo estaba esperando con los brazos abiertos. El mal, el pecado nos vence cuando nos dejamos guiar por otras cosas que no son el amor de Dios y todo lo que eso implica. El mal nos vence cuando nos concentramos en lo que nos puede hacer mal desde afuera, y no en lo que nos puede hacer bien y en el bien que estamos haciendo y que interiormente nos invade el corazón. Pedro, en vez de maravillarse por estar caminando sobre el agua y, de última, mirar sus pies, sorprenderse del milagro, pierde el tiempo, se distrae. Su corazón y su razón lo traicionan, como nos pasa también a nosotros. Por eso, si nos estamos hundiendo, si ahora estamos por lanzar el grito para pedir ayuda, no le echemos la culpa a nadie. No digamos que «el problema está afuera», que «son las olas», «la violencia», «lo que está pasando en este mundo ahora», «lo que pasa en el mundo es un desastre», «todo se viene abajo», «hoy está más difícil que antes», «hay más tentaciones», «hay mucha maldad e injusticia». No hay que echarle la culpa a eso. Es verdad, eso no se puede negar, pero siempre fue así. La culpa no está afuera. Nos hundimos por falta de fe, por no mirar a Jesús con el corazón, por haber dejado la oración, por habernos alejado de la Iglesia —como hizo Pedro, que se alejó de sus amigos, se bajó de la barca—, por habernos olvidado de nuestros amigos, por pensar que podíamos solos, por nuestra soberbia y tantas cosas más. Pedro no se hubiera hundido si no se hubiera ido de la barca, lejos de sus amigos y si no se hubiera concentrado en sus miedos. Por eso no hay que bajarse nunca de la barca; creo que es la enseñanza final y profunda de ese Evangelio.

  • 14 авг.2 70015

    Viernes 14 de agosto - Mateo 19, 3-12 - XIX Viernes durante el año + Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 19, 3-12 Se acercaron a él algunos fariseos y, para ponerlo a prueba, le dijeron: «¿Es lícito al hombre divorciarse de su mujer por cualquier motivo?». Él respondió: «¿No han leído ustedes que el Creador, desde el principio, los hizo varón y mujer; y que dijo: Por eso, el hombre dejará a su padre y a su madre para unirse a su mujer, y los dos no serán sino una sola carne? De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Que el hombre no separe lo que Dios ha unido». Le replicaron: «Entonces, ¿por qué Moisés prescribió entregar una declaración de divorcio cuando uno se separa?». Él les dijo: «Moisés les permitió divorciarse de su mujer, debido a la dureza del corazón de ustedes, pero al principio no era así. Por lo tanto, yo les digo: El que se divorcia de su mujer, a no ser en caso de unión ilegal, y se casa con otra, comete adulterio». Los discípulos le dijeron: «Si esta es la situación del hombre con respecto a su mujer, no conviene casarse». Y él les respondió: «No todos entienden este lenguaje, sino solo aquellos a quienes se les ha concedido. En efecto, algunos no se casan, porque nacieron impotentes del seno de su madre; otros, porque fueron castrados por los hombres; y hay otros que decidieron no casarse a causa del Reino de los Cielos. ¡El que pueda entender, que entienda!». Palabra del Señor.

  • 13 авг.3 4649

    https://youtu.be/XenriXI4gIA?si=nCVBMD9xZ1vq7SJa

  • 13 авг.3 39313

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  • 13 авг.3 36624

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  • 13 авг.4 88056

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  • 13 авг.3 1458

    "Esto solo lo puede perdonar Dios" decimos a veces o dicen algunos. O, también, "Solo se le pide perdón a Dios" escuché también, o "¡Esto es imperdonable!" ¡Y no!, la verdad que no es así. Si hay algo para lo cual fuimos elegidos nosotros los cristianos es precisamente para perdonar, para hacer lo imposible, para caminar por las aguas de este mundo que no quiere perdonar. Nosotros los cristianos somos servidores del perdón, de un perdón que recibimos gratuitamente y que tenemos que dar gratuitamente. Nosotros los que creemos en Jesús, vos y yo, no solo tenemos que pedirle perdón a Dios tantas veces, sino también pedirle perdón a los demás y, algo que también es muy difícil, aprender a aceptar el perdón de los otros cuando se equivocan para con nosotros. Además, los cristianos somos capaces –con la fuerza que viene de lo alto, de Dios– de perdonar aquello que para el mundo parece "imperdonable". Entonces, ¿por qué tenemos que perdonar? ¿Por qué? La respuesta es tan simple como difícil: tenemos que perdonar porque fuimos perdonados primero. Porque nosotros somos perdonados, aunque no nos demos cuenta. Nosotros, muchas veces, podemos comportarnos como ese servidor de la parábola, bastante miserable, que se tira a los pies del Señor para implorar que le perdonen una deuda impagable, incalculable, millonaria; y después, ser incapaces de perdonar algo insignificante, una deuda de “almacén”, de barrio. Así de ridícula es la comparación: millones contra moneditas. Pero ¿cuál es la razón? ¿Por qué este hombre es tan miserable y hace esto? ¿Cuál es la razón por la cual nosotros mismos terminamos muchas veces haciendo esto, incluso sin darnos cuenta, creyendo que tenemos razón? En el fondo, hay una sencilla y oculta razón: porque no nos sentimos o consideramos tan perdonados. No caemos en la cuenta de todo lo que Dios nos perdonó y nos seguirá perdonando cuando imploremos ese perdón. Estamos ciegos. Perdemos la memoria, estamos con anteojeras y no nos damos cuenta. Sea como haya sido nuestra vida, la tuya y la mía, cómo la hayamos llevado, tenemos que darnos cuenta, tenemos que darnos cuenta de que fuimos perdonados y seremos perdonados siempre si sabemos tirarnos con humildad a los pies de Jesús y nos arrepentimos. Siempre. Fuimos perdonados aun debiendo muchísimo. Ya sea que hayamos sido grandes pecadores en nuestra vida pasada o, incluso, ahora o que seamos buenos y hayamos sido buenos, somos perdonados igual. No pasa por la cantidad de pecados. En el primer caso, si fuimos grandes pecadores, o lo somos, se nos perdonó de todo lo que hicimos y se nos seguirá perdonando en la medida que sepamos pedir perdón. Y el otro caso, si pensás que no sos alguien al cual se le perdonó mucho porque no cometiste muchos pecados en tu vida, date cuenta de que si no caíste en grandes cosas es porque fuiste perdonado antes de tiempo, fuiste librado. Dios Padre te liberó el camino para que no caigas tanto, porque Jesús murió por eso también, para evitarnos las caídas, para librarnos de las caídas, para quitarnos obstáculos. Un consejo, antes de preguntarle a Jesús cuántas veces hay que perdonar- como preguntó Pedro- preguntémonos: ¿Cuántas veces ya nos perdonó él? ¿Llevamos cuenta de eso? www.algodelevangelio.org algodelevangelio@gmail.com P. Rodrigo Aguilar

  • 13 авг.2 4637

    Comentario a Mateo 18, 21-19, 1: El viento en contra, las olas, las dificultades son parte de la vida. Pero también es parte de la vida los milagros de cada día como, por ejemplo, “caminar sobre el agua”, como pudo hacerlo Pedro, por la gracia de Dios, por ese llamado de Jesús: “Ven”. Muchas veces andamos así por la vida, “protegidos”, por decirlo de alguna manera, de tanta inmundicia que nos rodea, porque somos agraciados, porque somos amados, porque dijimos que sí a la voluntad de Dios. Por eso, ese milagro que experimentó Pedro, aunque no lo creas, también lo vivimos nosotros cada día, a veces sin darnos cuenta. ¿De cuántas cosas nos libra y nos protege nuestro Señor sin que nosotros podamos percibirlo? Creo que muchísimas. Es mucha más la gracia recibida día a día que el mal que nos “ataca” y nos quiere hundir. Es mucho más lo que no se ve que lo que se ve, como un “iceberg”. Por eso, para no hundirse, lo mejor es no pensar tanto en el mal que nos rodea, sino en todo el bien que tenemos por delante, todo el bien que podemos hacer con la gracia de Dios. Pedro así lo hizo. Lo hizo bastante bien, hasta que empezó a distraerse, hasta que empezó a quitar la mirada de Jesús, hasta que, por ahí, se la creyó. Porque, en realidad, también se largó solo a caminar. Se olvidó de sus hermanos que estaban en la barca. De Algo del evangelio de hoy surgen varias preguntas: ¿Setenta veces siete? ¿Siempre tengo que perdonar? ¿Cuántas veces tengo que perdonar a alguien que me ofende? ¿Cuál es la razón, nos podemos preguntar, el motivo por el cual tengo que perdonar de este modo tan incondicional? ¿Esto es realmente posible? Circulan muchas frases populares, en nuestra vida, en nuestras familias, en nuestras comunidades –las habrás escuchado alguna vez–, que contradicen bastante lo que nos enseña Jesús y no nos hacen bien, en definitiva.