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Doña Teresa se tapó la boca. Miguel seguía sin entender. —Mariana, pero es tu dinero. Agarré mi bolsa y salí. Mientras caminaba, escuché que todavía me decía: —¡Pagaste de más! Y ahí entendí que él y yo hablábamos idiomas completamente distintos. A los pocos pasos me di cuenta de que había dejado mi suéter en la silla. Antes de regresar, Doña Teresa salió con él doblado sobre el brazo. —Se le olvidó. —Muchas gracias. Lo tomé. Ella se quedó callada unos segundos. Luego dijo: —Mire, dividir la cuenta es de lo más normal. Asentí. —Claro. —Pero una cosa es dividir la cuenta y otra contar hasta las migajas. Me reí. Y de repente se me llenaron los ojos de lágrimas. Me dio pena. No estaba llorando por Miguel. Ni siquiera lo conocía tanto. Era otra cosa. Pensé en cuántas veces hacemos cuentas con todo. Quién llamó primero. Quién manejó más lejos. Quién pagó la última vez. Quién puso más esfuerzo. Quién debe una disculpa. Quién dio más. Como si las relaciones tuvieran que cerrar el mes con saldo en cero. Doña Teresa me dio una palmadita suave en el brazo. —Ya encontrará a alguien que pueda darle un pedazo de pizza sin hacer inventario. Eso fue todo. Pero me hizo sentir mucho mejor. Más tarde, Miguel me mandó un mensaje. “Yo creo que la pasamos bien. ¿Cuándo nos volvemos a ver?” Me quedé viendo la pantalla. No había entendido absolutamente nada. Le contesté: “Lo siento. Mi presupuesto trimestral para reuniones sociales ya se agotó y no tengo planeadas nuevas inversiones en derivados de incomodidad.” Su respuesta llegó casi de inmediato. “No entendí.” Ahí sí me reí de verdad. Lo bloqueé. Antes de llegar a casa pasé por un puesto y compré unas papas con salsa. Las pagué yo. Completas. Sin dividir nada. Sin calcular cuánto valía cada papa. Me senté sola un rato y las disfruté más que toda la cena. Desde entonces, cuando recuerdo esos 35 pesos, no pienso realmente en el dinero. Ser cuidadoso con lo que uno gasta no tiene nada de malo. Dividir una cuenta tampoco. La vida cuesta, y todos sabemos lo que significa hacer rendir el sueldo. Pero hay una diferencia enorme entre cuidar el dinero y convertir cada gesto de cariño en una transacción. El amor no se demuestra pagando siempre la cena. La generosidad tampoco depende de cuánto traigas en la cartera. A veces consiste simplemente en decir: “Prueba.” Y dejar que ese gesto siga siendo eso. Un gesto. Porque si empezamos a ponerle precio a cada detalle amable, tal vez nuestras cuentas queden perfectamente cuadradas. Pero nosotros podemos terminar completamente vacíos. - Desconozco la autoría
SITUACIÓN QUE PROVOCA RISA PERO TAMBIÉN IMPLICA ANALIZAR CON QUIÉN SALIMOS # Me cobró 35 pesos por dos pedazos de pizza que él mismo me ofreció Pensé que mi primera cita con Miguel solo estaba un poco aburrida, hasta que sacó el celular y me cobró 35 pesos por dos pedazos de pizza que él mismo me había ofrecido. Me llamo Mariana López, tengo 34 años y vivo en Guadalajara. Conocí a Miguel Ramírez, de 36, unas semanas antes. Después de varios mensajes decidimos dejar de escribir tanto y vernos en persona. Nada elegante. Solo una pizzería sencilla de colonia, de esas con mesas de madera, servilletas de papel y familias cenando cerca. A mí me pareció perfecto. Ya no estoy para citas donde alguien quiere impresionar desde el primer minuto. Quería platicar, cenar tranquila y ver si había conexión. Miguel llegó puntual. Se veía nervioso, pero amable. Platicamos del trabajo, de lo cara que está la despensa, de los recibos, de los papás que todavía preguntan si uno ya comió aunque tenga más de treinta años. Hasta me hizo reír un par de veces. Pensé: “Bueno… igual y sí lo vuelvo a ver.” Antes de pedir, le dije algo que para mí era bastante normal. —Por mí, cada quien puede pagar lo suyo. Miguel asintió de inmediato. —Claro. Es lo más justo. Perfecto. Yo nunca he pensado que un hombre tenga que pagar todo por obligación. Trabajo, pago mis cosas y no necesito que alguien me invite la cena para sentirme especial. Miguel pidió una pizza grande. La mía era más pequeña. Cuando llegó la comida, tomó dos pedazos de la suya y acercó el plato hacia mí. —Prueba esta. Está mejor que la tuya. —¿Seguro? —Sí, hombre. Agarra. Me comí los dos pedazos. Y seguí platicando. No pensé más en eso. Hasta que llegó Doña Teresa, la mesera. Tendría unos sesenta años. Pelo corto, delantal oscuro y esa mirada que tienen algunas mujeres que han visto tantas parejas sentarse frente a frente que podrían adivinar cómo terminará una cita antes de llevar la cuenta. —¿Junta o separada? —preguntó. —Separada —dije. Miguel levantó la mano. —Espere tantito. Sacó el celular. Yo pensé que iba a revisar cuánto había costado su pizza. Pero abrió la calculadora. —A ver —dijo—. Tú pediste la pizza chica, el agua mineral y comiste como la mitad de las aceitunas. Lo miré. —¿“Como la mitad”? —Sí. Yo comí más. Me reí. Él no. Siguió tecleando. —También comiste dos pedazos de pan. Doña Teresa bajó la mirada. Luego Miguel señaló su propio plato. —Y dos rebanadas de mi pizza. Se puso a hacer otra cuenta. Yo ya empezaba a pensar que era una broma muy rara. Entonces dijo: —Serían 35 pesos. Me quedé viéndolo. —¿Por qué? —Por la pizza. —¿Tu pizza? —Sí. Me salió una carcajada. No porque fuera gracioso. Fue de esas risas que salen cuando el cerebro todavía no decide si lo que está pasando es ridículo o triste. —Miguel, tú me la ofreciste. —Sí. —Tú dijiste “agarra”. —Sí. —¿Y ahora me la estás cobrando? Me miró como si yo fuera la que no entendía algo muy sencillo. —Pues tú te la comiste. Ahí dejé de sonreír. Miguel empezó a explicarme que era cuestión de principios. De “equidad financiera”. Que todo está caro. La renta. La comida. La gasolina. Salir a cenar. Y lo peor es que en una parte tenía razón. Yo también reviso precios. Yo también comparo antes de comprar. También he dejado algo en el carrito del súper porque pensé: “Mejor la próxima quincena.” Pero eso no era el problema. El problema eran esos dos pedazos de pizza. Cinco minutos antes habían sido un gesto amable. “Prueba.” Ahora eran una deuda. Le dije: —Cuando yo le ofrezco algo a alguien, no le paso la cuenta después. Miguel frunció el ceño. —Ofrecerte que pruebes no significa que te lo estoy regalando. Doña Teresa volteó hacia otro lado. Estoy casi segura de que estaba tratando de no reírse. Saqué un billete de quinientos pesos y lo dejé sobre la mesa. Mi parte era bastante menos. Miguel lo vio. —Es demasiado. —Ya sé. —Te tienen que dar cambio. Me levanté. —Quédate con lo que sobre. Tómalo como fondo para pérdidas inesperadas.
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Nos enseñaron una pendejada peligrosísima: que hay mujeres para respetar… y mujeres para coger. Y luego nos metieron a las dos dentro del mismo cuerpo. Nos dijeron que una mujer “bien” tenía que ser dulce, prudente, maternal, decente. Pero también deseable. Sexy, pero no demasiado. Caliente, pero nomás cuando toca. Que disfrute, pero que no parezca que sabe mucho. Que tenga fuego… pero guardadito, no vaya a incomodar. Y así crecimos un chingo de mujeres partiéndonos en dos. La que presentamos para que nos amen. Y la que escondemos cuando cerramos la puerta. La que quiere ternura. Y la que tiene hambre. La que quiere que la abracen. Y la que a veces quiere dejar de ser tan pinche correcta. Como si una cancelara a la otra. Como si para merecer amor hubiera que bajarle volumen al deseo. No, hermosa. Tu dulzura no vuelve sucio tu deseo. Y tu deseo no te quita dignidad. Puedes prender una veladora, cuidar a tus hijos, trabajar, rezarle a la Virgen, hablar con tus muertos, hacer la cena… y seguir teniendo un cuerpo que desea. A mí me tomó años entenderlo. Porque también traemos siglos de mujeres aprendiendo a cerrar las piernas, apretar la pelvis, tragarse las ganas y sonreír bonito. A Eva la dejaron entrar a la casa. A Lilith la mandaron alv. Y todavía hay mujeres pagando esa separación con su propio cuerpo. No necesitas matar a ninguna. Necesitas dejar de partirte. Porque quizá sanar tu sexualidad no se trate de convertirte en una mujer más espiritual. Quizá se trate de dejar de sentir vergüenza por la mujer completa que ya eres. La que ama. La que cuida. La que pone límites. La que desea. La que dice que sí cuando quiere. Y la que cuando no quiere… no abre ni la puerta. A esa mujer no hay que domesticarla. Hay que devolverle las llaves. - Créditos a quién corresponda
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Buenas noches
Lo haré