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Escribe Teresa de Jesús: «No puedo yo creer que alma que tan cerca llega de la misma misericordia, a donde conoce la que es y lo mucho que le ha perdonado Dios, deje de perdonar luego con toda facilidad y quede allanada en quedar muy bien con quien la injurió, porque tiene presente el regalo y merced que le ha hecho Dios, a donde ha visto señales de grande amor y se alegra de que se le ofrezca en qué mostrarle alguno.» (C. 36,12) Te lo explico: Santa Teresa de Jesús, maestra en la experiencia de Dios, nos comenta una certeza muy concreta: quien descubre de verdad cuánto lo ha amado y perdonado Dios, empieza a mirar de otra manera las ofensas que recibe. Cuando una persona reconoce que Dios ha tenido paciencia con sus propias faltas, el corazón se vuelve más capaz de tener paciencia con los demás. Por eso Teresa dice que resulta difícil experimentar tan de cerca la misericordia de Dios y, al mismo tiempo, negarse a perdonar a quien nos ha herido. El perdón recibido se convierte en una fuerza que nos mueve a perdonar. Incluso una ofensa puede transformarse en una oportunidad para demostrarle a Dios nuestro amor. No porque la herida deje de doler, ni porque lo sucedido carezca de importancia, sino porque comprendemos que hemos sido tratados por Dios con una misericordia infinitamente mayor que la que nosotros somos capaces de ofrecer. En el fondo, Santa Teresa nos recuerda algo muy sencillo y exigente: quien se sabe profundamente perdonado por Dios aprende, poco a poco, a perdonar de corazón. Como lo diría Teresa hoy: «No puedo creer que una persona que ha llegado tan cerca de la misericordia de Dios, que ha comprendido lo grande que es y cuánto le ha perdonado, pueda después tener dificultad para perdonar. Cuando recuerda el regalo inmenso que Dios le ha hecho y las muestras de amor que ha recibido de Él, su corazón queda dispuesto a reconciliarse incluso con quien la ha ofendido. Es más, llega a alegrarse cuando se le presenta la oportunidad de demostrarle a Dios un poco de ese amor que ha recibido.»
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Escribe Teresa de Jesús: «Pensaba muchas veces que no había perdido nada San Pedro en arrojarse en la mar, aunque después temió. Estas primeras determinaciones son gran cosa, aunque en este primer estado es menester irse más deteniendo y atados a la discreción y parecer de maestro; mas han de mirar que sea tal, que no los enseñe a ser sapos, ni que se contente con que se muestre el alma a sólo cazar lagartijas. ¡Siempre la humildad delante, para entender que no han de venir estas fuerzas de las nuestras!» (V. 13,3) Te lo explico: Pedro se atrevió a salir de la barca cuando los demás permanecían aferrados a la seguridad. Después sintió miedo y comenzó a hundirse, pero aquel instante de debilidad no borró el valor de haber dado el primer paso. En la vida espiritual ocurre algo parecido: Dios bendice los corazones decididos, aunque todavía sean frágiles y estén aprendiendo a confiar. Ese entusiasmo inicial, sin embargo, necesita ser acompañado con prudencia y por un guía espiritual que conozca el camino de Dios. No cualquiera puede orientar un alma; quien se conforma con una fe cómoda termina reduciendo la vida cristiana a preocupaciones pequeñas, olvidando la inmensidad a la que el Señor nos llama. Por eso, junto a la decisión, hace falta la humildad. Ningún crecimiento espiritual nace únicamente del esfuerzo personal. Es la Gracia de Dios la que fortalece, sostiene y conduce cada paso. Cuando el corazón reconoce esta verdad, deja de apoyarse en sus propias fuerzas y aprende a descansar en el Señor, que nunca abandona a quien se atreve a responder con generosidad a su llamada. Como lo diría Teresa hoy: «Admiro el arrojo de Pedro. Se lanzó al agua y, aunque después sintió miedo, no perdió nada por haber confiado. Lo verdaderamente peligroso habría sido quedarse inmóvil. También en los comienzos de la vida espiritual hace falta esa decisión, pero sin precipitarse. Conviene avanzar con calma, dejándose orientar por alguien que tenga verdadera experiencia de Dios. Eso sí, cuidado con elegir un maestro que rebaje el ideal del Evangelio y termine acostumbrando el alma a conformarse con una vida espiritual mediocre, ocupada en cosas pequeñas cuando Dios la llama a mucho más. Nunca aceptes una dirección que te enseñe a vivir sin aspirar a la santidad. Y no olvides esto: todo ha de caminar de la mano de la humildad. Si alguna fortaleza aparece en el camino, no pienses que nace de ti. Lo que sostiene, hace crecer y lleva el alma adelante siempre viene de la gracia de Dios.»
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Escribe Teresa de Jesús: «Por amor de Dios os pido, que nunca os pacifiquéis en estas palabras, que poco a poco os podrían hacer daño y creer que dicen verdad, o en pensar que ya es todo hecho y que lo habéis trabajado. Vosotras nunca dejéis pasar palabra sin moveros guerra en vuestro interior, que con facilidad se hace, si tenéis costumbre. Acordaos cuál paró el mundo a Cristo nuestro Señor, y qué ensalzado le había tenido el día de Ramos. Mirad en la estima que ponía a San Juan Bautista, que le querían tener por el mesías y en cuánto y por qué le descabezaron.» (CAD 2,12) Te lo explico: Las palabras tienen un poder inmenso: pueden animar, pero también adormecer el alma. Teresa advierte que el mayor peligro no siempre viene de los enemigos, sino de esas voces que nos invitan a instalarnos, a pensar que ya hemos hecho bastante o que ya somos lo que deberíamos ser. Cuando esas ideas aparecen, conviene examinarlas con sinceridad y no darles entrada sin más. La vida espiritual necesita una vigilancia humilde, porque el corazón se acomoda con facilidad. Basta mirar a Cristo: el mismo pueblo que lo aclamó con entusiasmo el Domingo de Ramos pocos días después pidió su condena. También Juan el Bautista pasó de ser admirado y considerado un gran profeta a morir decapitado por mantenerse fiel a la verdad. La aprobación humana cambia como el viento; la fidelidad a Dios permanece. Por eso, quien busca al Señor no puede medir su camino por los aplausos, ni dejar de luchar contra la complacencia interior. La verdadera paz nace de seguir caminando con humildad, vigilantes y confiados en la gracia de Dios. Como lo diría Teresa hoy: «Por amor de Dios, no os dejéis tranquilizar por palabras que solo halagan el oído. Si las aceptáis sin examinarlas, acabaréis creyendo que son verdad y pensaréis que ya habéis hecho suficiente, que el camino está recorrido y que no queda nada por convertir. Ese engaño crece poco a poco y termina haciendo mucho daño. Acostumbraos a no dejar pasar ninguna palabra sin ponerla a prueba dentro de vosotros mismos. Entrad en combate con todo aquello que alimenta la soberbia, la comodidad o la falsa seguridad. Esa vigilancia se aprende y, con la práctica, se vuelve un hábito. No olvidéis lo que hizo el mundo con Cristo. El mismo que fue recibido entre aclamaciones el Domingo de Ramos, pocos días después fue rechazado y llevado a la cruz. Tampoco olvidéis a Juan el Bautista: muchos llegaron a pensar que era el Mesías y, sin embargo, por decir la verdad, acabó perdiendo la cabeza. No os fieis del aplauso de la gente ni de las palabras que os hacen sentir satisfechos con vosotros mismos. Permaneced despiertos, porque quien deja de luchar por dentro empieza, sin darse cuenta, a alejarse de la verdad.»
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Escribe Teresa de Jesús: «Acuérdome algunas veces de la queja de aquella santa mujer, Marta, que no sólo se quejaba de su hermana, antes tengo por cierto que su mayor sentimiento era pareciéndole no os dolíais Vos, Señor, del trabajo que ella pasaba, ni se os daba nada que ella estuviese con Vos. Por ventura le pareció no era tanto el amor que la teníais como a su hermana; que esto le debía hacer mayor sentimiento que el servir a quien ella tenía tan gran amor, que éste hace tener por descanso el trabajo. Y parécese en no decir nada a su hermana, antes con toda su queja fue a Vos, Señor, que el amor la hizo atrever a decir que cómo no teníais cuidado. Y aun en la respuesta parece ser y proceder la demanda de lo que digo; que sólo amor es el que da valor a todas las cosas; y que sea tan grande que ninguna le estorbe a amar, es lo más necesario.» (Excl. 5,2) Te lo explico: La escena de Marta toca una experiencia muy humana: entregar lo mejor de uno mismo y desear que ese amor sea reconocido por quien más se ama. Teresa descubre que el corazón de Marta no estaba ocupado por la comparación con María, sino por una inquietud más profunda: la impresión de que Jesús no parecía reparar en todo lo que ella hacía por Él. Esa pena brota de un amor sincero, capaz de hablar con confianza y de abrir el alma sin reservas. Por eso Marta no dirige su queja a su hermana, sino al Señor, porque solo quien ama de verdad se atreve a expresar con tanta libertad lo que lleva en el corazón. Teresa encuentra aquí una de las grandes lecciones de la vida espiritual: el amor es el que da valor a todas las cosas. Cuando el amor sostiene el servicio, las tareas cotidianas se convierten en una ofrenda. Cada gesto, por pequeño que sea, adquiere un peso eterno porque nace de un corazón entregado. Marta sirve; María escucha. Cada una honra al mismo Huésped desde una misión distinta, y ambas manifiestan un mismo amor con expresiones diferentes. El camino del discípulo pasa continuamente de la contemplación al servicio y del servicio a la contemplación. Unas veces permanecemos a los pies del Señor; otras, lo servimos en las múltiples tareas de cada día. Ambas dimensiones se necesitan, se iluminan y se enriquecen mutuamente. El secreto consiste en que el amor permanezca siempre en el centro. Ese es el descubrimiento que Teresa pone delante de nuestros ojos: cultivar un amor tan grande que ninguna ocupación, ningún cansancio y ninguna circunstancia logren apartarnos de Cristo. Entonces, incluso lo más sencillo se transforma en un encuentro con Él. Como lo diría Teresa hoy: «A veces vuelvo a pensar en la queja de aquella santa mujer, Marta. Estoy convencida de que su pena no nacía simplemente de ver a su hermana sentada mientras ella trabajaba. Lo que de verdad le dolía era pensar que Vos, Señor, no mirabais el esfuerzo que hacía por estar a vuestro lado ni apreciabais cuanto hacía por Vos. Quizá llegó a creer que amábais más a María, y esa idea le hería mucho más que el peso de cualquier tarea, porque cuando el amor es grande, el trabajo se lleva con gusto. Fijaos también en un detalle: Marta no descargó su disgusto contra su hermana, sino que fue directamente a Vos. Solo el amor da esa confianza para hablar con tanta libertad y abrir el corazón sin reservas. Incluso vuestra respuesta deja entrever que esa queja nacía del amor. De todo esto saco una enseñanza que nunca conviene olvidar: el amor es el que da valor a todas las cosas. Cuando el amor es verdadero, sostiene el servicio, da fuerza en el cansancio y mantiene el corazón unido a Dios. Por eso, lo más importante es alcanzar un amor tan grande que nada, por difícil o exigente que sea, consiga impedirnos amar.»
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Escribe Teresa de Jesús: «Y vosotras, hermanas, no tengáis en poco esta primera merced, ni os desconsoléis, aunque no respondáis luego al Señor, que bien sabe Su Majestad aguardar muchos días y años, en especial cuando ve perseverancia y buenos deseos. Esta es lo más necesario aquí, porque con ella jamás se deja de ganar mucho.» (2 M 9) Te lo explico: Dios tiene una paciencia que supera con mucho nuestros ritmos y prisas. Él da el primer paso, despierta el corazón, ofrece su gracia, y siempre lo hará, pero no exige una respuesta inmediata ni “perfecta”. Conoce nuestros tiempos, nuestras luchas y los caminos, a veces lentos, por los que ha de madurar el alma. Por eso, cuando parece que avanzamos poco, por nuestra respuesta es débil, o por elementos ajenos a nuestra voluntad y pareciera que hay motivo para el desaliento, allí hallaremos la oportunidad para descubrir que Dios también espera con nosotros. Él es principio, camino y meta. La perseverancia, sostenida por un deseo sincero de amarle, vale más que los entusiasmos pasajeros. Quien permanece fiel, incluso entre caídas, sequedades o dudas, siempre avanza, aunque no lo perciba. Dios nunca desperdicia un esfuerzo hecho por amor. Cada oración, cada intento de recomenzar y cada acto de confianza y honestidad van transformando silenciosamente el corazón. Lo importante no es correr, sino caminar, o incluso gatear, sin abandonar el camino, porque quien persevera en el amor siempre termina encontrándose más cerca de Aquel que nunca dejó de esperarlo. Teresa nos ofrece un alivio inmenso al recordarnos que Su Majestad sabe aguardar muchos días y años, pues no es un juez impaciente, sino un «buen vecino» que valora, por encima de todo, nuestra perseverancia y los buenos deseos. En este camino, nuestra mayor fortaleza no es la ausencia de fallos personales o ajenos, sino la humildad de levantarse y la confianza en que el Señor no tiene prisa si ve que nuestras ganas de amarle son sinceras. Como lo diría Teresa hoy: «Hermanas, valoren mucho esta primera gracia que el Señor les ha concedido. No se inquieten si sienten que todavía les cuesta responder como quisieran. Dios sabe esperar; conoce el tiempo que necesita cada corazón y no se cansa de aguardar cuando descubre un deseo sincero de buscarlo y una voluntad firme de perseverar. Lo más importante en este camino es mantenerse constantes. Quien conserva vivos los buenos deseos y sigue caminando, aunque sea despacio, siempre avanza. El Señor mismo se encarga de hacer crecer lo que hoy apenas comienza. Por eso, no dejen de volver a Él una y otra vez, porque cada paso dado con fidelidad prepara el corazón para recibir gracias mayores. En la vida espiritual, la perseverancia nunca queda sin fruto; quien permanece junto al Señor siempre sale ganando, aunque muchas veces solo lo descubra con el paso del tiempo.»
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Escribe Teresa de Jesús: «¡Oh, Señor mío! ¡Oh, Rey mío! ¿Quién pudiera ahora representar la majestad que tenéis? Es imposible dejar de ver que sois gran Emperador en Vos mismo, que espanta mirar esta majestad. Mas, más se espanta, Señor mío, mirar con ella vuestra humildad y el amor que mostráis a una como yo. En todo se puede tratar y hablar con Vos como quisiéramos, perdido el primer espanto y temor de ver Vuestra Majestad, con quedar mayor para no ofenderos; más no por miedo del castigo, Señor mío, porque este no se tiene en nada en comparación de no perderos a Vos.» (V. 37,7) Te lo explico: Teresa contempla a un Señor cuya majestad sobrepasa toda imaginación, un Rey que sostiene el universo con su poder. El alma descubre dos maravillas que parecen opuestas y, sin embargo, viven unidas en Dios: su infinita grandeza y su inmensa cercanía. Pero lo que más la conmueve no es esa grandeza, sino que ese mismo Dios se incline con humildad para acoger, escuchar y amar a una criatura tan pequeña. Ese descubrimiento transforma la relación con Él. El temor inicial deja paso a una confianza filial que permite abrirle el corazón con total libertad, sin máscaras ni reservas. Sin embargo, esa confianza jamás se convierte en superficialidad, porque cuanto más se conoce el amor de Dios, más crece el deseo de corresponderle. Entonces el mayor temor ya no consiste en recibir un castigo, sino en herir con el pecado a Aquel que tanto ama. Quien ha experimentado este amor comprende que la fidelidad nace mucho más del agradecimiento que del miedo, y que el verdadero respeto a Dios brota de no querer perder nunca la amistad con Él. ¿Te imaginas encontrarte frente al Rey más poderoso del universo y descubrir que Su mayor deseo es ser simplemente tu amigo? El Soberano de todo lo creado prefiere la sencillez de una charla honesta contigo a cualquier ceremonia pomposa. Como lo diría Teresa hoy: «Señor mío, Rey mío, ¿quién sería capaz de describir la grandeza que hay en Ti? Basta contemplarte para reconocer que eres el Señor de todo, inmenso, majestuoso, lleno de una gloria que sobrecoge. Pero hay algo que todavía me deja más asombrada: que, siendo tan grande, te acerques con tanta humildad y tanto amor a alguien tan pequeño como yo. Cuando descubro quién eres, al principio siento un santo temor. Sin embargo, ese mismo amor con que me recibes hace que pueda hablar contigo con toda confianza, como se habla con quien más se ama. Y, cuanto más te conozco, más crece en mí el deseo de no herirte. No es el miedo al castigo lo que me detiene; eso tiene poca importancia comparado con el dolor de alejarme de Ti. Lo que de verdad temo es perder tu amistad, porque nada puede compararse con tenerte cerca y vivir unido a Ti.»
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Escribe Teresa de Jesús: «Tengo para mí que quiere el Señor dar muchas veces al principio, y otras a la postre, estos tormentos y otras muchas tentaciones que se ofrecen para probar a sus amadores y saber si podrán beber el cáliz y ayudarle a llevar la cruz antes que ponga en ellos grandes tesoros. Y para bien nuestro, creo, para que entendamos bien lo poco que somos, porque son de tan gran dignidad las mercedes que vienen después, que quiere por experiencia veamos antes nuestra miseria y no nos acaezca lo que a Lucifer.» (V. 11,11) Te lo explico: Los grandes dones de Dios suelen prepararse en el taller oculto de la humildad. Teresa comprende que, antes de confiar un tesoro espiritual a un alma, el Señor la fortalece mediante pruebas, tentaciones y combates interiores, es decir, el Señor pone a prueba a sus «amadores» para ver si realmente están dispuestos a beber el cáliz y ayudarle a cargar la cruz antes de confiarles sus grandes tesoros espirituales. Estos tormentos y tentaciones son, en realidad, una medicina para nuestra alma que nos ayuda a entender lo poco que somos. Es vital que experimentemos nuestra propia miseria antes de recibir gracias de tanta dignidad; de lo contrario, el regalo podría volverse contra nosotros y hacernos caer en la soberbia, tal como le ocurrió a Lucifer. Así aprende a sostener la cruz con Cristo y a descubrir que toda su fuerza proviene de Él. Esta experiencia también le permite conocer su propia fragilidad, no para desanimarse, sino para vivir con un corazón agradecido y humilde. Quien ha experimentado su pobreza entiende que la santidad siempre es un regalo de Dios y nunca una conquista personal. Por eso las dificultades no son un obstáculo en el camino espiritual, sino una escuela donde maduran la confianza, la paciencia y el amor fiel. Dios nos lleva por este camino áspero para que la humildad sea el cimiento firme de todo lo que vendrá después. Así, cuando lleguen las mercedes, no nos desvaneceremos en el orgullo, sino que sabremos que todo el valor proviene de Su mano y no de nuestra propia cosecha. Solo un corazón que ha aprendido a apoyarse en el Señor puede recibir sus gracias sin apropiárselas ni dejarse llevar por el orgullo. Teresa recuerda así que la humildad protege los dones de Dios y mantiene al discípulo con los pies en la tierra y la mirada puesta en el cielo. Como lo diría Teresa hoy: «Estoy convencida de que el Señor permite, unas veces al comienzo y otras más adelante, pruebas, tentaciones y luchas interiores para conocer la firmeza del amor de quienes lo siguen. Antes de confiarles grandes gracias, quiere ver si están dispuestos a beber su cáliz y a caminar con Él llevando la cruz. Así nos enseña, por experiencia, quiénes somos realmente y cuánto necesitamos de su gracia. Solo cuando el alma ha descubierto su propia pobreza puede recibir sus dones con humildad y reconocer que todo viene de Dios. Sus gracias son tan grandes que primero prepara el corazón para acogerlas y conservarlas. De este modo, el alma permanece sencilla, agradecida y vigilante, sin atribuirse lo que pertenece al Señor, y evita que el orgullo la aparte del camino, como sucedió con Lucifer.»
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Escribe Teresa de Jesús: «Creamos es todo para más bien nuestro. Guíe Su Majestad por donde quisiere. Ya no somos nuestros, sino suyos. Harta merced nos hace en querer que queramos cavar en su huerto y estarnos cabe el Señor de él, que cierto está con nosotros. Si él quiere que crezcan estas plantas y flores, a unos con dar agua que saquen de este pozo y a otros sin ella, ¿qué se me da a mí? Haced vos, Señor, lo que quisiereis. No os ofenda yo. No se pierdan las virtudes si alguna me habéis ya dado por sola vuestra bondad. Padecer quiero, Señor, pues vos padecisteis. Cúmplase en mí de todas maneras vuestra voluntad.» (V. 11,12) Te lo explico: La libertad auténtica y profunda se vive cuando el corazón aprende a descansar en las manos de Dios y descubre que su mayor alegría consiste en agradarle. Desde esa confianza nace una certeza capaz de sostener toda la vida: ya no somos nuestros, sino suyos, y todo cuanto Él permite puede hacer florecer nuestra alma. Cada persona recorre un camino distinto; unos reciben abundantes consuelos y otros maduran en la espera, el esfuerzo cotidiano o la prueba. En todos los casos, el verdadero tesoro consiste en permanecer junto al Señor, trabajando en su huerto con la paz de quien sabe que el Hortelano cuida cada planta y conoce el tiempo de cada flor. Así, la oración se convierte en una actitud de disponibilidad, en el deseo de conservar las virtudes recibidas y de cumplir con amor la voluntad de Dios. También el sufrimiento, unido al de Cristo, adquiere una fecundidad nueva y ensancha la capacidad de amar. Como el asnillo que mueve la noria con fidelidad, aunque desconozca el fruto de su esfuerzo, el discípulo avanza con perseverancia, convencido de que Dios guía cada paso y conduce siempre hacia una vida más plena. Como lo diría Teresa hoy: «Confiemos en que todo lo que Dios permite será para nuestro bien. Dejemos que Él nos conduzca por el camino que quiera. Ya le pertenecemos; nuestra vida está en sus manos. Es un regalo inmenso que nos permita trabajar en su huerto y permanecer junto a Él, porque nunca nos deja solos. Si quiere que unos crezcan entre abundantes gracias y otros a través del esfuerzo silencioso, ¿qué importa? Él sabe cómo hacer florecer cada alma. Señor, haz conmigo lo que quieras. Solo te pido la gracia de vivir de un modo que nunca te ofenda y de conservar las virtudes que, por pura bondad, has sembrado en mí. Si el camino incluye el sufrimiento, lo abrazo contigo, porque Tú también lo recorriste. Que, en todo, sin reservas y hasta el final, se cumpla tu voluntad en mi vida.»
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Escribe Teresa de Jesús: «¡Oh benignidad admirable de Dios, que así os dejáis mirar de unos ojos que tan mal han mirado como los de mi alma! ¡Queden ya, Señor, de esta vista acostumbrados en no mirar cosas bajas, ni que les contente ninguna fuera de vos! ¡Oh ingratitud de los mortales!, ¿hasta dónde ha de llegar? Mirad que es así cierto que se da Dios así a los que todo lo dejan por él. No es aceptador de personas. A Todos ama. Nadie tiene excusa, por ruin que sea, pues así lo hace conmigo, trayéndome a tal estado.» (V. 27,11-12) Te lo explico: ¿Qué asombro produce descubrir que unos ojos que tanto se perdieron en las vanidades del mundo puedan ahora contemplar la benignidad de Dios? Teresa comparte su asombro al ver cómo el Señor permite que su alma, a pesar de su miseria, se acostumbre a no mirar ya las «cosas bajas» de la tierra. Es un llamado a despertar de la ingratitud humana, pues ni todos los bienes de esta vida igualan al menor de los regalos espirituales que se reciben en la oración. Ella habla desde la certeza de su propia experiencia, asegurando que Dios no es aceptador de personas y se entrega totalmente a quien se determina a dejarlo todo por Él. No importa cuán «ruin» haya sido nuestro pasado; la misericordia divina es un río caudaloso que no tiene excusas para excluir a nadie. Al final, esta entrega total es lo que permite que el alma descubra que los deleites del mundo son pura «basura» frente a la gota de agua viva que Su Majestad nos ofrece para saciarnos eternamente. Dios nunca se deja ganar en generosidad. Como lo diría Teresa hoy: «¡Qué inmensa es la bondad de Dios, que permite que unos ojos como los míos, tantas veces distraídos y puestos donde no debían, puedan ahora contemplarlo! Señor, haz que esta mirada quede para siempre acostumbrada a buscarte solo a Ti y que nada de este mundo vuelva a seducir mi corazón. ¡Qué grande es la ingratitud del ser humano! ¿Hasta cuándo seguiremos respondiendo con tan poco amor a un Dios que nos da tanto? Hablo de lo que he vivido, y aun así las palabras apenas alcanzan para expresar una pequeña parte de todo lo que el Señor obra en un alma que se deja conducir por Él. Vosotros, que habéis comenzado a hacer oración o que camináis con una fe sincera, decidme: ¿qué bien de esta vida puede compararse con el más pequeño de los dones que Dios concede? Creedlo, porque es verdad: Dios se entrega enteramente a quien se entrega enteramente a Él. Ama a todos sin hacer diferencias y a nadie excluye de su misericordia. Si ha podido obrar tanto en mí, ¿quién podría pensar que no puede hacerlo también en su propia vida?»