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Amigos de Colombia, por favor reportarse si están bien y cuéntennos, escuchamos que acaba de suceder un terremoto muy fuerte, vamos a informar por aquí
Hay tres temas que me importan mucho sobre los cuales he hecho investigaciones personales Salud y rejuvenecimiento Dinero y tecnología Reencarnación y vida después de la muerte
https://www.youtube.com/watch?v=Ng6dyX-6ptk
¿Y si están recordando su propia vida? Una vida anterior. Entonces el problema ya no sería demostrar que existe algo después de la muerte. El problema sería mucho mayor. Porque significaría que existió algo antes de nuestro nacimiento. Y si yo ya estaba en alguna parte antes de llegar aquí, entonces tengo que hacerme una pregunta que jamás pensé que tendría que hacer: ¿Por qué vine? ¿Por qué esta vida? ¿Por qué este cuerpo? ¿Por qué estas personas? ¿Por qué este momento? ¿Qué es exactamente este lugar al que llamamos vida? Tal vez morimos y regresamos. Tal vez lo hemos hecho muchas veces. Tal vez existen razones para que no podamos recordarlo. Tal vez olvidar sea necesario. Y entonces, de pronto, toda nuestra existencia adquiere otra forma. Porque la pregunta ya no es solamente qué ocurrirá conmigo cuando muera. La pregunta es mucho más antigua. ¿Dónde estaba antes de nacer? Y quizá todavía más importante: ¿quién era yo antes de aprender a llamarme por mi nombre?
También para recordar. Una hermana puede conservar una parte de nuestra infancia que nosotros hemos perdido. Un amigo puede recordar exactamente qué dijimos una noche de hace veinte años. Una pareja guarda pequeños fragmentos de una vida que, de otro modo, desaparecerían con nosotros. —¿Te acuerdas? Es una de las preguntas más hermosas que existen. Porque cuando la otra persona responde que sí, algo que ya no existe vuelve a existir durante un instante. Dos memorias se encuentran. Y el pasado adquiere nuevamente cierta consistencia. Pero también hay recuerdos que nadie comparte. Momentos que solo existen dentro de nosotros. Un día, cuando desaparezcamos, desaparecerán también. Y tal vez por eso, mientras envejecemos, la vida comienza a adquirir una cualidad extraña. Uno comprende que está aquí. Pero ya no resulta tan evidente qué significa exactamente estar aquí. Miramos el mundo todos los días como si fuera la cosa más normal que existe. Nos levantamos. Tomamos café. Contestamos mensajes. Trabajamos. Nos preocupamos por dinero. Nos enfadamos por cosas pequeñas. Hacemos planes para la próxima semana. Y casi nunca nos detenemos a considerar lo extraordinario de la situación. Estamos en un planeta. Dentro de un cuerpo. Durante unas pocas décadas. No sabemos de dónde veníamos antes de aparecer aquí. Y sabemos que, tarde o temprano, tendremos que irnos. ¿Cómo puede eso parecernos normal? Quizá porque necesitamos que lo parezca. Pero algunas veces, generalmente cuando estamos solos, la normalidad se rompe. Puede ser frente al mar. En una carretera de noche. Mirando las estrellas. O viendo caer el sol cuando todo comienza a quedarse en silencio. Y entonces aparece la pregunta. No una pregunta intelectual. No una pregunta religiosa. Una pregunta casi infantil. ¿Qué hago aquí? No “qué hago hoy”. No qué profesión tengo. No qué debo hacer mañana. ¿Qué hago aquí? En este lugar. En este cuerpo. En esta época. ¿Por qué soy esta persona y no otra? ¿Por qué nací en esta familia? ¿Por qué encontré a determinadas personas entre miles de millones? ¿Por qué algunas permanecieron conmigo y otras desaparecieron? ¿Por qué me ocurrieron las cosas que me ocurrieron? ¿Fue azar? ¿Existe algún propósito? ¿Elegí algo de esto? ¿Alguien lo eligió? ¿O simplemente aparecí? Y entonces hay una pregunta aún más extraña. ¿Por qué no recuerdo haber llegado? Las familias suelen contar historias sobre nosotros que nosotros mismos hemos olvidado. “Cuando eras pequeño decías esto.” “Tenías un amigo imaginario.” “Insistías en que tu casa estaba en otro sitio.” “Decías que antes tenías otro nombre.” Casi siempre esas historias producen ternura. Los niños inventan. Los niños fantasean. Los niños mezclan sueños y realidad. Eso pensamos. Y seguramente ocurre así muchas veces. Pero existe un fenómeno mucho más incómodo. Durante décadas, investigadores han documentado niños pequeños que aseguran recordar haber sido otras personas. No hablan solamente de monstruos o amigos invisibles. Hablan de lugares. De familias. De trabajos. De nombres. De accidentes. De maneras de morir. Algunos lloran por personas a las que sus padres aseguran que nunca conocieron. Otros piden regresar a una casa donde dicen haber vivido. Y, en un número sorprendente de casos, investigadores consiguieron encontrar personas fallecidas cuyas vidas coincidían con detalles entregados por esos niños. Ese es el momento en que la pregunta deja de ser cómoda. Porque podemos imaginar muchas explicaciones. Coincidencia. Información escuchada accidentalmente. Sugestión de los padres. Fraude. Fantasía extraordinariamente precisa. Una especie de memoria colectiva. Tal vez información almacenada de alguna manera en algo mucho mayor que nosotros. Todas son posibilidades. Pero existe otra. Una posibilidad tan sencilla que resulta difícil pronunciarla sin sentir que cambia completamente el significado de nuestra existencia. ¿Y si esos recuerdos les pertenecen? ¿Y si no están recordando la vida de otra persona?
He iniciado otro libro Basado en mi investigacion sobre la vida despues de la muerte ¿Dónde estoy? Hay una edad en la que uno comienza a mirar el tiempo de otra manera. No sé exactamente cuándo ocurre. Quizá una tarde cualquiera, cuando el sol empieza a bajar y la luz entra de lado por una ventana. Quizá mientras uno encuentra una fotografía antigua en un cajón. O cuando escucha una canción que no oía desde hacía treinta años y, sin entender muy bien cómo, durante unos segundos vuelve a estar allí. En esa casa. En esa calle. Con aquellas personas. Entonces uno descubre algo extraño. No extrañamos solamente a las personas que se fueron. Tampoco extrañamos únicamente nuestra juventud, el cuerpo que teníamos o las cosas que podíamos hacer. Extrañamos el tiempo. Ese tiempo que alguna vez tuvimos entre las manos y que parecía infinito. De joven, una tarde puede ser eterna. Un verano parece no terminar nunca. Cinco años son una distancia inimaginable. Después ocurre exactamente lo contrario. Los años comienzan a pasar con una velocidad incomprensible. Y quizá uno de los descubrimientos más dolorosos de envejecer sea comprender demasiado tarde que el tiempo era probablemente lo más valioso que teníamos. Lo gastábamos sin pensar. Como quien deja correr el agua porque supone que siempre habrá más. Pero no siempre hay más. Y cuando uno comprende eso, inevitablemente comienza a mirar hacia atrás. Yo lo hago. Intento recordar. ¿Hasta dónde puedo llegar? Puedo encontrar imágenes de mi infancia, pero cuanto más retrocedo, menos sólidas se vuelven. Recuerdo lugares. Recuerdo rostros. Recuerdo olores con una precisión que me sorprende. Una comida. La humedad de una habitación. El olor particular de una casa que ya no existe. Una canción sonando en alguna parte. El rostro de una persona que quizá murió hace mucho tiempo. Y, sin embargo, esos recuerdos no llegan hasta el principio. Hay un momento en que simplemente se terminan. Antes de él, nada. Nací, estuve allí, respiré, lloré, tuve hambre, me cargaron en brazos, dormí cientos de noches, miré cientos de rostros. Pero yo no recuerdo nada de aquello. Mi madre podría contarme lo que hice. Podría mostrarme fotografías. Podría decirme qué palabras pronuncié, qué cosas me asustaban, con qué juguetes dormía. Pero esos son sus recuerdos. No los míos. Mis propios recuerdos comienzan mucho después. Tres años. Cuatro. Tal vez cinco. Es difícil establecer el momento exacto. Y hay algo profundamente extraño en eso. Porque, cuando intento regresar más allá de ese límite, tengo la sensación de acercarme al borde de mí mismo. Como si en algún punto de aquellos primeros años hubiera aparecido la persona que ahora está escribiendo estas palabras. Como si yo hubiera nacido dos veces. Una vez cuando nació mi cuerpo. Y otra cuando comencé a recordar. ¿Qué había antes? Tal vez esa sea una pregunta que todos deberíamos hacernos alguna vez. No porque tenga necesariamente algo de sobrenatural. Sino porque es extraordinario que aceptemos con tanta naturalidad no recordar el comienzo de nuestra propia existencia. A veces creemos recuperar algo. Una imagen. Una habitación. Un árbol. El sonido de una voz. Pero cuanto más antiguo es el recuerdo, más se parece a un sueño. Uno empieza incluso a dudar de él. ¿Lo recuerdo realmente? ¿O recuerdo una fotografía que vi después? ¿Mi madre me contó tantas veces aquella historia que terminé convirtiéndola en un recuerdo propio? ¿Estuve realmente allí de esa manera? Es inquietante descubrir lo frágil que es nuestro pasado. Porque nosotros somos, en gran medida, ese pasado. Somos las personas que conocimos. Las cosas que nos hicieron. Los lugares donde vivimos. Las decisiones que tomamos. Las heridas. Las alegrías. Las tardes que nadie fotografió. Los pequeños momentos que no parecían importantes cuando sucedieron y que, muchos años después, daríamos cualquier cosa por poder visitar durante cinco minutos. Quizá por eso buscamos a otras personas. No solamente para amar y ser amados.
Estamos creando nuestra propia inteligencia artificial, capaz de hacer Toto animadas Hemos logrado bastante, pero no hemos avanzado en el modelo porque estamos lanzando productos estas semanas
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La alianza para la seguridad de la IA. O sea… monopolio de los grandes actores.
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