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Algo del Evangelio

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El evangelio de cada día con un breve comentario, en formato de audio, realizado por el Padre Rodrigo Aguilar, Diócesis de San Miguel, Buenos Aires, Argentina. www.algodelevangelio.org Cualquier testimonio o consulta escribir a algodelevangelio@gmail.com

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  • 15 авг.https://youtu.be/GqOedFVrq-g?si=McNMFCV12PwslXNG0,00%
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  • 15 авг.Por eso María cantó feliz, porque ella creyó, porque ella creyó que se iba a cumplir la voluntad de Dios en su pequeña y humilde vida. Ella creyó que diciéndole que «sí» al Señor –aunque nadie se dé cuenta, aunque incluso algunos la hayan señalado–, creyó que su alma iba a ser grande y que iba a cantar la grandeza de Dios haciendo maravillas con su «pequeñez». Eso es lo que nos enseña siempre la vida de María, que solamente con la humildad y la «pequeñez» de nuestro corazón podremos hacer cosas grandes para contribuir al Reino de Dios, que el Señor nos pide que sembremos y colaboremos para que su amor se extienda por todos lados en cosas de cada día. No demos más vueltas. No esperemos grandes cosas para hacer la voluntad de Dios. Tenemos que descubrirla en el servicio concreto y cotidiano, en nuestra familia, en nuestros seres queridos, en mi mujer, en mi esposa, en mis hijos, en mi comunidad, en mi trabajo. Es ahí donde podemos descubrir que, de alguna manera, siempre el ángel se nos presenta y nos invita a hacer la voluntad de nuestro Padre del cielo. Que hoy nuestra alma también «cante la grandeza del Señor» y que nuestro espíritu se estremezca de gozo en Dios, que es nuestro Salvador, porque él miró la bondad y la «pequeñez» de la Virgen María, su servidora. Y por eso la llamamos feliz, porque en ella Dios hizo grandes cosas, como lo puede hacer en nosotros. «Su misericordia es grande y se extiende de generación en generación». Pidámosle al Señor que hoy nos llene de gozo y nos ayude, también, a ser humildes para un día poder ser elevados como lo fue nuestra Madre. www.algodelevangelio.org algodelevangelio@gmail.com P. Rodrigo Aguilar0,00%
  • 15 авг.Comentario a Lucas 1, 39-56 Qué bien hace empezar este día con esta fiesta tan importante de nuestra Madre del cielo, la Santísima Virgen María, madre de Jesús, madre de Dios, madre nuestra y madre de toda la Iglesia. Para nosotros, María es el camino más seguro, más corto y más rápido para llegar a Jesús, para llegar al cielo. Tan sencillo y lindo y profundo como eso, aunque algunos, incluso católicos, les cueste comprenderlo. Pero ella es así, ella es así, siempre está ahí. En este día celebramos, nos alegramos, nos llenamos de profundo gozo porque María fue llevada al cielo en cuerpo y alma. Eso celebramos en esta fiesta, María ya está resucitada en el cielo, junto a Jesús, a Dios Padre y al Espíritu y todos los santos. Ella se anticipó, ella llegó primero, ella nos marcó el camino. Ella nos anticipa la gloria. Ella nos da esperanza, porque con su vida y con su final, con su asunción, nos enseña que ese también es el fin de nuestra vida, estar algún día gozando con todos nuestros hermanos, con todos los santos, la eterna alabanza a Dios, que es nuestro Padre. Pero María, para llegar a estar ahora en el cielo, vivió en la tierra cumpliendo siempre la voluntad de Dios Padre, desde el instante en el que le dijo que «sí» al ángel para ser la madre de Jesús y durante toda su vida. Y María lo demostró también con su propia vida, como lo dice Algo del Evangelio de hoy: «Partió y fue sin demora a un pueblo de la montaña de Judá». Finalmente, la voluntad de Dios, el amor, se manifiesta en obras concretas, palpables; en obras que no hacen alarde, como ella tampoco lo hizo, sino en obras que cambian la vida de los demás. En definitiva, nuestra fe nos tiene que llevar a eso, a actuar y a obrar movidos por el Espíritu Santo, como lo hizo María, para buscar siempre hacer la voluntad de Dios y no la nuestra. Y por eso, la oración, la vida de profundo silencio que María también vivió y experimentó, fue la que la llevó a aceptar la voluntad de Dios y, finalmente, a hacer lo que él le pedía, sirviendo en este caso a su prima Isabel. Es por eso que en ese encuentro maravilloso entre María y su prima Isabel, entre Juan y Jesús, se oyó, de algún modo, la voz del Espíritu, que hizo saltar de alegría a todos esos corazones. Eso es lo que hace Jesús en nuestra vida cuando a través de otros podemos encontrarlo, como le pasó a Isabel, o también a través del servicio podemos descubrir que ese es el sentido de nuestra vida.0,00%
  • 15 авг.Sábado 15 de agosto - Lucas 1, 39-56 - Solemnidad de la Asunción de la Virgen María + Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 1, 39-56 María partió y fue sin demora a un pueblo de la montaña de Judá. Entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel. Apenas esta oyó el saludo de María, el niño saltó de alegría en su seno, e Isabel, llena del Espíritu Santo, exclamó: «¡Tú eres bendita entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a visitarme? Apenas oí tu saludo, el niño saltó de alegría en mi seno. Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor.» María dijo entonces: «Mi alma canta la grandeza del Señor, y mi espíritu se estremece de gozo en Dios, mi Salvador, porque el miró con bondad la pequeñez de su servidora. En adelante todas las generaciones me llamarán feliz, porque el Todopoderoso ha hecho en mí grandes cosas: ¡su Nombre es santo! Su misericordia se extiende de generación en generación sobre aquellos que lo temen. Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los soberbios de corazón. Derribó a los poderosos de su trono y elevó a los humildes. Colmó de bienes a los hambrientos y despidió a los ricos con las manos vacías. Socorrió a Israel, su servidor, acordándose de su misericordia, como lo había prometido a nuestros padres, en favor de Abraham y de su descendencia para siempre.» María permaneció con Isabel unos tres meses y luego regresó a su casa. Palabra del Señor.0,00%
  • 14 авг.https://youtu.be/r8Dv1PtNZjs?si=xVWtjUgFoqtkssT10,00%
  • 14 авг.без подписи0,00%
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  • 14 авг.El matrimonio cristiano es —como se dice a veces— un barquito que anda por las aguas de este mundo, golpeado por las olas y el viento en contra de tantas voces que quieren destruir la familia, pero en el cual varón y mujer reman juntos, acompañados por Jesús. ¡Qué linda imagen! Las dificultades no son de ahora, siempre fueron así. Fíjate en Algo del Evangelio de hoy, ya se ve cómo a Jesús le cuestionaban en esa época sobre la posibilidad o no de divorciarse por cualquier motivo (esto es importante: por cualquier motivo). Es verdad que hoy se dice y se experimenta que la familia está en crisis, que hay muchas dificultades que parece que antes no estaban. Es verdad, puede ser. Es tiempo difícil, pero nunca fue fácil, sería medio ingenuo pensar así. Hay que remar mucho, y eso es lo más difícil. Hay que remar parejo, y eso es mucho más difícil. El matrimonio que no rema parejo no avanza. Es más, puede girar en el mismo lugar, gira en falso, o bien se lo lleva la corriente para rumbos que no son los mejores. Por eso Jesús desea que los dos «sean una sola carne», como dice el Evangelio, y que «el hombre no separe lo que Dios ha unido»; porque quiere cuidar lo más sagrado que tiene el hombre y que lo hace feliz, en donde se cultiva el amor verdadero, el que sana y santifica, aunque nuestras familias, obviamente, no son perfectas. El matrimonio vivido en la fe nos sana de nuestras heridas y nos santifica para elevarnos y hacernos más humanos. ¿Cómo Dios va a desear otra cosa, otro camino distinto a este? Sería una gran contradicción de parte de un Dios que ama para siempre y confía en nosotros para que logremos lo que él desea. Sé que hoy, más que nunca, estas palabras de Dios, de Jesús, son difíciles de entender y de aceptar, incluso, a veces, son rechazadas dentro de la Iglesia, porque muchas personas, muchas familias, están heridas por la falta de amor en sus propias familias. Por eso, nunca está de más decir que «las personas que no pudieron hacer prosperar su matrimonio no están fuera del amor de Dios». Tampoco está de más decir que «el hombre no debe separar lo que Dios ha unido», y podríamos agregar: «Y lo que él quiso unir por propia decisión». No está de más decir que «hay que luchar hasta el final para mantener la familia unida haciendo todo lo posible». Es lindo encontrar matrimonios que la remaron muchísimo, juntos, para seguir hasta el final. Hay miles y miles de ejemplos. Es lindo ver matrimonios grandes que viven etapas nuevas y se aman cada día mejor. No me canso de escuchar testimonios de matrimonios que siguen perdurando; siguen con sus dificultades, con sus luchas, con sus peleas, con sus idas y vueltas, a veces con sus separaciones momentáneas, dolorosas, pero siguen luchando, siguen remando, siguen estando juntos, mostrando que el amor matrimonial es un reflejo del amor incondicional de Dios, que nos ama siempre con fidelidad, hasta el final, para toda la eternidad. Pidámosle al Señor por tantos matrimonios que están en la lucha, que les cuesta, por aquellos que se han separado y no pudieron cumplir este deseo de Dios, por aquellos que están bien, para que sigan perseverando. Recemos por las familias. Recemos para que, escuchando la Palabra de Dios, todos podamos comprometernos con el verdadero designio de Dios, que es que en familia descubramos su amor y que alcancemos la santidad. Es lindo saber que, a pesar del viento en contra y de la violencia de las olas de este mundo, se puede amar con fidelidad y constancia hasta que la muerte los separe. Se puede: siempre remando juntos, siempre remando parejo. www.algodelevangelio.org algodelevangelio@gmail.com P. Rodrigo Aguilar0,00%